Hoy se señala al gobierno de Javier Milei como responsable de un mercado laboral deteriorado. Pero los datos —los mismos que cita el propio sistema estadístico— cuentan otra historia. Una bastante menos conveniente para quienes gobernaron antes.
Una enfermedad crónica, no un brote nuevo
La informalidad laboral en Argentina ya supera el 43% de los ocupados, según datos recientes de la Encuesta Permanente de Hogares . No es un salto repentino: es la consolidación de un problema estructural.
De hecho, incluso antes del actual gobierno, el empleo que se generaba era mayoritariamente precario. En 2025, el 85% de los nuevos puestos creados fueron informales . Es decir: el sistema ya venía roto.
Y más aún: en la última década, el empleo creció en millones de puestos, pero impulsado casi exclusivamente por la informalidad, mientras el trabajo privado registrado prácticamente no avanzó .
¿Responsabilidad de Milei? Difícil sostenerlo sin ignorar deliberadamente el contexto.
El modelo anterior: empleo sin sustento
Durante los gobiernos de Cristina Fernández de Kirchner y Alberto Fernández —con Axel Kicillof como uno de los arquitectos del esquema económico— se consolidó un modelo que priorizó el consumo artificial sobre la productividad real.
El resultado fue previsible:
- presión impositiva récord,
- rigidez laboral extrema,
- y una litigiosidad que convirtió cada contratación en un riesgo jurídico.
En ese contexto, la informalidad dejó de ser una excepción para convertirse en regla.
Incluso organismos internacionales advierten que Argentina arrastra niveles de informalidad cercanos al 42% desde antes del cambio de gobierno . Es decir, el problema no empezó: se heredó.
Milei y el sinceramiento que incomoda
Lo que ocurre desde diciembre de 2023 es otra cosa: un proceso de sinceramiento. Al cortar la emisión, reducir el gasto público y desarmar el “empleo artificial”, lo que emerge es la verdadera estructura del mercado laboral.
Y esa estructura es frágil.
La caída del empleo público y el ajuste en sectores protegidos no crean informalidad: la exponen. De hecho, muchos de los empleos formales que hoy se pierden ya eran insostenibles en términos económicos.
Mientras tanto, la baja del desempleo registrada en algunos períodos recientes se explica, justamente, por el crecimiento del cuentapropismo y el trabajo informal . Es decir: el sistema ya funcionaba así antes.
El verdadero problema: un sistema que castiga el empleo formal
Hay un dato clave que suele omitirse: la informalidad en Argentina se concentra en micro y pequeñas empresas. El 80% del empleo informal está en unidades productivas de menos de 10 trabajadores .
¿Por qué? Porque formalizar implica costos que muchas veces duplican o vuelven inviable la contratación.
Este es el núcleo del problema. Y también la razón por la cual las reformas que impulsa el gobierno —reducción de cargas, cambios en indemnizaciones, incentivos a la formalización— generan tanta resistencia.
No porque no funcionen. Sino porque alteran un sistema que durante años convivió cómodamente con la precariedad.
La pregunta que nadie quiere responder
El debate real no es si la informalidad crece. Eso ya es un hecho.
La pregunta es otra:
¿se quiere corregir el problema… o seguir administrándolo?
Porque el modelo anterior ya dio resultados: más empleo informal, menos productividad y una economía cada vez más dependiente del Estado.
El gobierno de Milei, con todos sus costos y tensiones, está intentando algo distinto: desmontar ese esquema.
Y claro, eso tiene consecuencias. La diferencia es que, esta vez, no se están escondiendo debajo de la alfombra.
En una Argentina acostumbrada a vivir de ficciones estadísticas, el mayor pecado de este gobierno parece ser, justamente, mostrar la realidad.





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