Eran las 8:20 de la mañana. No era madrugada, no era una zona desierta. El pasajero subió en el Hospital Lucio Molas, un punto neurálgico de la ciudad. Es decir: no hubo señales previas, no hubo sospechas. El delincuente jugó a ser un usuario más. Pidió un destino, luego lo cambió —maniobra clásica— y se posicionó detrás del conductor. Lo que siguió fue brutal: un intento de ahorcamiento por la espalda. No fue un arrebato, fue una acción deliberada, con violencia física directa.